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La dictadura de la “felicidad”

Escribo sobre uno de los desafíos que nuestro momento histórico plantea a la misión educativa de la Compañía de María y que se me ha pedido comentar: “Apresurémonos a recorrer caminos de anuncio y canto agradecido”.

Septiembre 2013 | Susanna Tamaro (Trieste, Italia) | Otras áreas

Al igual que el XV Capítulo General, miro nuestro mundo y los seres que lo habitan, con mirada profunda y atenta, con humildad y estupor… Y al tratar de descubrir en los escenarios cotidianos de nuestro vivir qué contenido damos a la palabra “felicidad” y cómo vivir la vida como don que se agradece, me surge compartir desde mi propia experiencia.

Por naturaleza soy una persona curiosa y pragmática. Me gusta mucho estudiar y reflexionar, pero también me gusta confrontarme con la “fisicidad” de la materia. Por eso, hace ya muchos años, me dedico a la educación del cuerpo y a la relación profunda y misteriosa que une el cuerpo a la mente.

Así mi mirada sobre la realidad no es la de quien tiene una teoría y, a través de la misma, la interpreta, sino que va directamente a la realidad primaria, casi fisiológica diría, de la existencia.

Es esta mirada la que me permite percibir el sufrimiento en el entorno y me hace ser serenamente pesimista. Aunque todos hablen de felicidad y de realización, lo que exhala sobre nuestros días es un viento de turbación y de desesperación, un viento que nos hace aferrarnos a cualquier cosa, con tal de huir del remolino negro que llevamos dentro.

Hace algunas semanas, estaba sentada en un banco, en una zona periférica y de mucho tráfico de Roma. Una fila continua de paseantes de muchos y variados colores desfilaba delante mis ojos.

La luz de la puesta del sol doraba los últimos planos de los grandes edificios, como si fueran rocas de un cañón. Un jumbo con el fondo plateado estaba aterrizando en la capital, mientras el vuelo ruidoso de un par de gaviotas reales surcaba la última franja azul en el cielo.

Al lado del banco donde estaba, tercas florecillas color rosa surgían entre las hojas de dos graciosas adelfas, sostenidas por un protector oxidado. Me golpea siempre que veo sobrevivir algo en medio del asfalto y la basura. Así que he mirado alrededor y he tratado de comprender si alguien más se había dado cuenta de aquella gratuita ofrenda de belleza. Inútilmente.

La muchedumbre continuaba su marcha. Una marcha taciturna, opaca, indiferente a las florecillas de la adelfa y al mal olor de los tubos de escape, indiferente a la mirada al otro y al gajo de cielo invadido por la luz dorada del atardecer, indiferente a aquel mirlo que un poco más allá, desde la cumbre de un encogido aligustre, con una cascada melodiosa, se ponía en guardia. “¡Atención! ¡Este es mi territorio!”

¿A qué territorio pertenecían aquellos rostros? Me pregunté: ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué ven? ¿Qué escuchan?

Más tarde, en el autobús que me llevaba de vuelta a casa, he comprendido: vivimos en una gran planicie, en la cual la historia ha sido abolida.
La historia, las historias, todo aquello que manifiesta su existencia transformándose progresivamente a través del tiempo… nada más cuenta el pasado, nada más construye el futuro. El tiempo existe solamente en función del instante consumado y vacío de la materia y de lo poseído.

Me volvió entonces a la mente el título del libro de Nicolai Gogol, Las almas muertas. Nuestra tribu, la tribu de las almas muertas, se cree un modelo máximo de civilización; por eso el altísimo nivel de libertad, del que goza cada individuo en particular, se propone como ejemplo para ser imitado por los mundos más lejanos.

(...)

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Susanna Tamaro: escritora italiana. Sus obras están traducidas a 44 lenguas y han sido divulgadas en 80 países. Creyente, siempre en búsqueda.

 

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