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Un nuevo año, un nuevo rostro

Inicia un nuevo año y con él despiertan varios deseos que interiormente se han ido acumulando y están a la espera de una señal concreta para realizarse.

Enero 2016 | Marisol Franco Echeverri, odn (Colombia) | Otras áreas

Algunos desean conseguir un trabajo nuevo, en el que sus capacidades sean desplegadas, el ambiente laboral sea más cálido y el salario justo.

Otros, ven con ilusión la posibilidad de establecer una nueva relación que les permita ser valorados por lo que son, reconocidos en su diferencia, amados en gratuidad y libertad. Una relación sin temores, ni mentiras, sin cuentas bancarias de por medio, ni narcicismos.

Encontramos jóvenes con deseos de algo nuevo, que no necesariamente coincide con la novedad que quisieran sus padres, amigos, conocidos. Jóvenes que no aspiran tener un carro, sino emprender un camino, descalzos, sin seguridades; que no quieren correr tras la obtención del mayor número de diplomas posibles en determinado tiempo sino que quieren responder a su anhelo más profundo y darse el tiempo necesario para discernirlo (no porque sean deseos menos importantes sino porque sencillamente no son los suyos).

Hay deseos de todos los tamaños, formas y colores. Unos requieren más dedicación, otros, más dinero, la mayoría una gran voluntad de nuestra parte. Los deseos no tienen edad, ni fecha de vencimiento y a todos nos ponen en movimiento tras un horizonte de sentido.

Entre los muchos deseos que existen, hay unos que son vitales: el deseo de libertad, de respeto, igualdad, justicia y sobretodo el deseo de amar y ser amados. Son deseos que nos configuran como humanos, que trascienden nuestras necesidades básicas y nos hacen existir de una manera nueva porque rompen con nuestra rutina diaria, nos hacen girar en una órbita diferente a la de nuestro egoísmo y quiebran nuestros esquemas.

Son los deseos que vienen de Dios y se revelan en el rostro del otro. No tienen su punto de partida en nuestro interés, ni buscan nuestra realización y bienestar. Se manifiestan a nosotros sin permiso y nunca nos dejan igual.
Quizás si nos detuviéramos un poco más en esos rostros que vemos todos los días y que se nos van volviendo un elemento “más” del paisaje cotidiano: el hogar, la escuela, el trabajo, la calle, percibiríamos que hay una novedad que siempre nos está esperando.

Generalmente, no es necesario poner todas las energías en deseos inalcanzables, cuando hay tantos hermosos deseos que podemos ayudarle a realizar a los demás. Se trata como bien lo expresa el teólogo José serafín Bejar, de contemplar “la contemplación del rostro de todo hombre y toda mujer pone de manifiesto una verdad que corremos el riesgo de olvidar. No hay dos rostros iguales que hayan brillado sobre el sol de este mundo. Cuando somos capaces de contemplar el rostro sin prejuicios; cuando somos capaces de trascender la forma de ese rostro, tenemos ante nuestra mirada un espectáculo único. Es como si de pronto irrumpiera un trozo de eternidad aquí entre nosotros. Ese rostro que tengo delante, corresponde a un alguien único, irrepetible”.

Contemplar por ejemplo:
El rostro del niño que vive sin pretensiones y disfruta de cada momento como se va presentando.
El rostro de los enamorados que no advierten el paso de las horas y anticipan con sus sonrisas “la última esperanza”.
El rostro desfigurado de Jesús en las avenidas y debajo de los puentes…ese rostro que a veces nos negamos a ver, ante el cual preferimos bajar la mirada porque nos recuerda la complicidad de nuestra injusticia; ese que confronta nuestra manera de vivir y por eso preferimos ignorar detrás de ventanas polarizadas y acallar su grito, con el aumento de decibeles de nuestra evasión.

La invitación es a que entre la lista de deseos de este nuevo año, le abramos un espacio a los deseos de Dios que se manifiestan cada día, en el nuevo rostro del otro, de manera imprevisible: suave o agresivo; feliz o deprimido; dulce o endurecido; confiado o defensivo.

Que dejemos aparecer el nuevo rostro del otro, de ese que está hace años a nuestro lado y que hemos petrificado con nuestros prejuicios, calificativos, dogmas, ideologías.

Estos deseos cotidianos de Dios, no necesitan planeaciones, ni estrategias; no requieren dinero, ni milagros…Sólo requieren de ti la desmesura del AMOR que te habita y que hace “nuevas todas las cosas”.
 

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Marisol Franco Echeverri odn: Licenciada en Educación, Bachiller en Teología. Estudios de Maestría.

 

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