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Palabras de clausura

Clausura del XVII Capítulo General de la Compañía de María Nuestra Señora.

Septiembre 2015 | Mª Rita Calvo Sanz, odn (Roma, Italia) | Otras áreas

 

Finalizamos un mes intenso, que nos ha posibilitado una experiencia significativa a cada una de nosotras y a toda la Compañía.

Comenzábamos el Capítulo con la convicción de haber sido convocadas a discernir cómo ser p ortadoras y portadores de creatividad evangélica en este mundo globalizado y cambiante, a señalar el horizonte hacia el que caminar en los próximos seis años, y hacíamos explícita nuestra confianza en el Señor para saber acoger con humildad su Palabra.

Hoy podemos decir que Dios se ha dejado sentir a través de múltiples mediaciones. Quiero hacer memoria agradecida de los laicos, los jóvenes y las religiosas invitadas con los que hemos compartido parte de este Capítulo. Una vez más nos han hecho experimentar que la fe es un don valioso que no nos podemos guardar y que vivirla en complementariedad es una manera de alimentar la llama y de posibilitar que ilumine a personas distintas y a realidades diferentes. Hemos comprendido, de nuevo, que Dios nos ofrece su amor integrador para, junto con Él y unidos entre nosotros, ser testigos de valores y virtudes que nos plenifican y dignifican nuestras sociedades y nuestro mundo.

Deseo agradecer también la presencia de Dios a través de cada una de nosotras, la posibilidad de descubrir su voluntad en lo que nos hemos ido expresando, y en los gestos y silencios que también nos han hablado. Espacios de encuentro como este nos ayudan a experimentar la fraternidad y cómo se construye con lo que somos, una mezcla de posibilidades y limitaciones. Tener la suerte de vivir esta experiencia conlleva a la vez la responsabilidad de compartirla, de transmitir vitalmente al resto de nuestras hermanas que el futuro de la Compañía no está en el número de las que somos, sino en la fuerza que pongamos en la pasión por Jesús y el Reino, y en sumar nuestras posibilidades para que se multipliquen, en sumar y no restar.

Muchas personas nos han acompañado con interés desde la distancia: educadores con los que compartimos la misión, miembros de la Red Laical, familiares, otras congregaciones y grupos, compañeros y amigos… Hemos experimentado su presencia a través de los múltiples mensajes que han ido llegando desde los diferentes rincones del mundo. Nos han hecho sentir que la Compañía somos muchos y la significatividad que esta tiene en la sociedad y en la Iglesia.

También nos hemos sentido respaldadas por la oración de nuestras hermanas, sabemos que no nos sostenemos sin ella, y nos hemos hecho más conscientes de que necesitamos cultivar una nueva sensibilidad contemplativa, que nos permita descubrir cómo Dios habita y trabaja en la hondura de cada realidad. Es preciso recrear nuestra mirada, desnudarla de cuanto la opaca para poder ver las briznas de vida que brotan continuamente, aún en medio del dolor y de la injusticia. Necesitamos hacernos más conscientes de que la bondad siempre vence y de que la vida es más fuerte que la muerte. Ambas cosas, bondad y vida, son necesarias en nuestro mundo y un deber apostar por ellas.

El encuentro intercongregacional que, casi al final del Capítulo, hemos mantenido con otras congregaciones nos ha confirmado en la riqueza que entraña caminar con otros. La experiencia nos va mostrando que cuando abrimos las puertas a los demás nuestra realidad se ensancha y se torna más luminosa. Su presencia en este Capítulo, además de ser un signo de comunión, algo que nuestras sociedades y nuestra Iglesia necesitan, ha sido una experiencia de confirmación en lo que queremos vivir y nos ha enriquecido con sus resonancias y aportaciones. Su participación ha sido un regalo.

El canto de María en su encuentro con Isabel ha atravesado nuestras reflexiones. Ella, como una hermana mayor, nos ha llevado de la mano para hacernos renovar la confianza en el que es el dueño de nuestra existencia y de nuestra historia, y para señalarnos ese horizonte hacia el que hemos de seguir caminando.

En la fidelidad del Señor y en todas vosotras, me apoyo yo también para llevar adelante este nuevo servicio de gobierno que la Compañía me confía. A cada una gracias por vuestros gestos de cercanía y cariño que me hacen sentir que esta misión la llevamos entre todas.

Al finalizar este Capítulo, quiero agradecer el trecho de camino recorrido junto a Beatriz, Anne, Esperanza y Basiliane. Estoy segura de que todo lo que hemos ido construyendo juntas a lo largo de estos años, lo bueno y también todo aquello a lo que no hemos sabido o podido responder, es impulso para seguir avanzando. También mi agradecimiento a esta comunidad de Roma, que ha sido para nosotras ayuda, apoyo y descanso, y a todas aquellas personas que han estado a nuestra disposición y que, desde un segundo plano, han facilitado nuestro trabajo.

A mi Equipo le pido que tome asiento a mi lado, con el deseo de que este signo sea expresión del compromiso de mantenernos unidas, complementarias en esta misión de conducir la Compañía por caminos que hagan visible el rostro humano de Dios.

Después del encuentro, como María, volvemos a nuestras casas y, al igual que ella, llevamos en nuestras entrañas la vida nueva que esta experiencia capitular nos ha aportado, un pequeño embrión que ha de ir creciendo y desarrollándose al ritmo del Espíritu.

Hacemos entrega de un libro que contiene las cartas de Juana de Lestonnac, como dice Beatriz Acosta en la presentación: “Leerlas y profundizar su mensaje, teniendo como telón de fondo el tema central del Capítulo, portadoras y portadores de creatividad evangélica en nuestro mundo, nos confirma, una vez más, que si nos dejamos habitar por el Dios de la vida, Él nos transforma y lo podremos transparentar en nuestras acciones y palabras con nuestro sello personal”.

 

Mª Rita Calvo Sanz, odn: Superiora General


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