Dios y la ciencia

El compromiso de la Iglesia con la ciencia y el saber.

Mayo 2013 | Mª Pilar Núñez-Cubero, odn (Barcelona, Espanya) | Otras áreas

Desde sus orígenes la Iglesia ha considerado y valorado la investigación y las actividades del hombre en el terreno cultural, así como la creación o manifestación externa de la acción de éste, expresada en los diversos países y culturas. Al inicio se desarrollaban preferentemente las humanidades y las artes plásticas. Hubo que esperar a la Edad Media, para que el dominio de lo científico penetrara en el campo cristiano y la Iglesia se comprometiera con ello, al punto de que este compromiso ha podido ser considerado como el inicio o motor del progreso científico, en la sociedad.

La ciencia se viene desarrollando desde el siglo XVIII, y cada vez con más auge, hasta nuestros días. Es una forma de conocimiento de la naturaleza, que tiene su autonomía y se debe respetar y alentar. Es fundamentalmente instrumental del mandato de Dios, que dice: “crezcan, multiplíquense y dominen la tierra” (Gen. 1,38). No hay que meterse en la autonomía de los científicos... excepto que se extralimiten de su campo y se metan en lo trascendente. La ciencia va trasformando la incultura en cultura (Bergoglio, G. Skorka, A. Sobre el cielo y la tierra » Edit. Debate Barcelona 2013. P.120).

Son muchos los campos de la ciencia que han servido al progreso del hombre y de las sociedades, pero también hay que señalar los riesgos de la emancipación de los científicos, más que de la ciencia, para olvidarse del Creador, o para utilizar sus ventajas en beneficio de unos con perjuicio de otros. Qué de estragos no ha hecho la aplicación de los hallazgos de la ciencia, a la que se ha sumado la tecnología, en su utilización en las guerras, recordemos las armas nucleares, o biológicas... y también en las consecuencias, no siempre favorables de la transformación de las sociedades industriales con el alto grado de contaminación atmosférica y del subsuelo.

Hoy, en un paso más, el progreso de la ciencia y la aparición de nuevas tecnologías se dirige directamente al hombre, conmocionando el desarrollo de las sociedades y del mismo hombre. El conocimiento del ser vivo (la ciencia biológica) progresa y obliga a nuevas opciones sociales, nuevas responsabilidades, nuevos compromisos. La técnica avanza tan deprisa que apenas deja tiempo de establecer los principios científicos sobre los que apoyar el juicio ético, como si nuestro espíritu y nuestra moral no llegaran a seguir este movimiento. Jean Bernard (primer Presidente del Comité Consultatif National d’Ethique de France, CCNE) dirá que la técnica ha hecho de nosotros dioses antes de que hubiéramos llegado a ser hombres. Y con estos medios el progreso de la investigación, aplicado a la especie humana, ha producido, dirá de nuevo Jean Bernard dos grandes revoluciones: biológica, una; terapéutica, la otra, que han permitido al hombre adquirir un cierto dominio sobre la procreación, la herencia y el cerebro (Bernard, J De la Biologia à l’éthique. p.22. Buchet-Chastel. (Paris, 1990).

En esta situación de vorágine del progreso, la Iglesia, ya sacudida por sus intervenciones sobre Galileo, después Darwin y otros muchos... sigue comprometida con el progreso, en todo aquello que no afecta a lo irrenunciable de su misión -el hombre-, aunque mantiene las puertas siempre abiertas al diálogo. Dios da al hombre la responsabilidad de gestionar el progreso de su país, su patria y su nación. La religión marca las pautas ético-morales y abre a la trascendencia (Bergoglio, G. Skorka, A. Sobre el cielo y la tierra ». p.138. Edit. Debate (Barcelona 2013).

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