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¿Para qué leer y escribir en tiempos de violencia?

Una aproximación a la acción reivindicadora de la lectura y la escritura

Enero 2015 | Camilo Rojas Blanco (Bogotá, Colombia) | Misión educativa

La violencia es un rasgo inherente a la condición humana, un rasgo que aunque insano y de naturaleza destructiva, ha estado ligado con la construcción propia de la historia. Si miramos en retrospectiva, es posible que no encontremos un solo periodo histórico que no presente episodios de conflicto y violencia entre las sociedades, sea cual sea su condición, su poder de acción y su cultura. La violencia en todas sus dimensiones, representa un estado de confrontación permanente, de enfrentamiento entre la civilidad y la barbarie, donde el hombre y la mujer han estado siempre inmersos, bien sea para alimentar el aparato de guerra o para combatirlo con grandioso ingenio y heroica voluntad de cambio.

Y justamente como propuesta de cambio a este tortuoso y antiquísimo aparato de guerra, también desde tiempos lejanos, surge la lectura y la escritura, para darle al ser humano diversas dimensiones del conflicto, bien sea desde adentro o desde la mirada externa, bien sea para narrarlo o para reinventarlo. En muchas instancias, esta propuesta de cambio surge como una acción de filtro, donde todos y cada uno de los individuos de una sociedad en conflicto, pueden hilar las causas y las siempre desastrosas consecuencias de la guerra. Cada suceso bélico trae consigo un sinnúmero de producciones escritas que luego son leídas por las generaciones posteriores, para traducir así la mirada y la experiencia de aquellos que vieron pasar la cotidianidad de sus días entre el conflicto de su propio tiempo.

Colombia ha estado golpeada por una guerra recurrente que ha tocado todas las esferas sociales, desde las más poderosas, hasta las más vulnerables. Pero también ha estado bañada por ríos de escritura que han permitido la aparición de los nuevos rostros del conflicto, esos que no se ven con claridad en medio de las balas, pero que siempre están allí, observantes y vigilantes, para ir traduciendo la experiencia de cada escenario, cada tiempo y cada suceso por donde la violencia hace su trabajo. Podríamos citar como ejemplo, la presencia de una nueva forma de literatura colombiana, una literatura con contenidos y relatos urbanos, que desde hace algunos años ha permitido desplazar la mirada de los lectores a otra faceta de la violencia, ya no aquella faceta desarrollada en los campos y en las montañas, sino la que se siente y se experimenta en las ciudades; violencia con una caracterización, un imaginario y un modo operante característico de los rincones citadinos.

La lectura por su parte es el complemento esencial del ejercicio escrito. Se escribe para leer y se lee para escribir. Pero esta relación no representa mayores preocupaciones de orden, si se comprende que tanto la una como la otra han representado a lo largo de la historia, la expresión más humana de los momentos violentos. Y digo humana porque leer y escribir es un solo cuerpo de acción y reacción frente a cualquier circunstancia de vida, es justamente ese cuerpo el que nos logra confirmar nuestra propia noción de existencia.

Existe también la violencia cultural; representada como aquel acto capaz de socavar hasta lo más profundo la significación social, temporal y espacial de los sujetos; para unificarlos en la creencia ciega y fiel de un mundo sin la necesidad de raíces, un mundo sin herencia, sin la presencia salvadora de los antiguos valores familiares y las buenas prácticas dialógicas, de un mundo huérfano que no sabe de qué está hecho, porque sólo cuenta aquello que genere rentabilidad económica y poder. La desaparición de lenguas ancestrales y manifestaciones étnicas propias en todo el mundo, refleja con claridad este fenómeno.

Entonces leer y escribir en tiempos de violencia constituye el reto de un nuevo humanismo, que a través de las palabras logre plantear nuevos estilos de vida, basados en la alteridad y la compasión. Estilos de vida apoyados en la novedad tecnológica, siempre cambiante y rápidamente reemplazable como instrumento informacional. Un humanismo regido por una nueva interpretación del mundo, que también nos exija urgentemente la reinterpretación de los discursos y las acciones sociales. Pero sobre todo; leer y escribir en tiempos de violencia, deberá ser la respuesta inmediata que cada uno de nosotros haga a ese llamado hecho por los tiempos históricos actuales, a vencer la abominable muerte innatural, para hacer de cada texto una expresión que salvaguarde en todo momento y lugar la vida y la esperanza. En la escuela, en el periódico, en el graffiti, en el poema, en el ensayo, en el cuento, en la tesis de grado, habrá siempre una poderosa oportunidad de resistencia, una tarima suficientemente vistosa para gritarle a los violentos nuestro inagotable rechazo.

Camilo Rojas Blanco: Docente Español en el Colegio de La Enseñanza, Bogotá.


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