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Laudato Si - Alabado Seas

I (Capítulos del 1 a 3).

Noviembre 2015 | Joaquim Alsina (Barcelona, España) | Justicia y Solidaridad

Alabado seas, mi Señor. Así iniciaba su cántico San Francisco de Asís y así inicia su encíclica el Papa Francisco. La Tierra es nuestra casa común, nuestra hermana y nuestra madre que nos acoge entre sus brazos. Una madre Tierra que clama por el daño que le provocamos. Francisco dirige la encíclica a todos los habitantes del mundo, creyentes o no, recordando que Juan XXIII hizo lo propio con Pacem in terris. Recuerda que los Papas que le han precedido han tratado el tema basándose en datos científicos. Incluso recuerda las palabras del Patriarca de Constantinopla, Bartolomé, recomendando arrepentimiento ante las heridas que causamos al planeta.



Después de unas referencias a Francisco de Asís, advierte que la encíclica está en línea con la Doctrina Social de la Iglesia. Y sin abandonar ese ámbito vuelve a una de sus expresiones más habituales: la cultura del descarte. Un descarte que causa basura y contaminación. Las cosas las convertimos rápidamente en basura y las personas excluidas del sistema también. El clima, el agua, la biodiversidad, las selvas y los océanos pagan las consecuencias. Y con ellos nosotros, produciendo un deterioro de la vida humana y una degradación social.



Especial referencia del Obispo de Roma a la privatización de los espacios que ha provocado que las bellezas naturales sean gozadas por los que más tienen. Incluso en el goce de los paisajes se da una inequidad planetaria. Inequidad que se repite en los males causados por el cambio climático, que afecta a los que menos tienen, los pescadores por ejemplo. No se puede culpar de la situación al aumento de la población en lugar de culpar al consumismo extremo y selectivo. Las exportaciones de algunas materias primas para satisfacer los mercados en el Norte han producido daños locales como la contaminación con mercurio o con dióxido de azufre. El calentamiento originado por el consumo desmesurado tiene repercusiones en los más pobres. Así África vive períodos de sequía más largos y sufre la contaminación de las empresas que envían allí y a otras zonas del Sur sus residuos sólidos y líquidos.



La tierra de los pobres del Sur es rica, pero la propiedad les está vedada por un sistema de relaciones de comercio y de propiedad estructuralmente perverso. Los obispos de Estados Unidos, recordando que en el cambio climático hay responsabilidades diversificadas, pusieron de manifiesto que el debate ecológico está dominado por intereses poderosos que ignoran a los pobres, débiles y vulnerables.

Las cumbres mundiales del clima han fracasado. Se ha producido el sometimiento de la política a la tecnología y las finanzas. El interés económico prevalece sobre el bien común y se llega a manipular la información para no perjudicar los proyectos de los grupos dominantes. El concepto de bien común es habitual en la Doctrina Social, ya desde los Padres de la Iglesia de los primeros siglos. Ellos denuncian la acumulación en manos de unos pocos. Lo que prima es una especulación que tiende a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Degradación ambiental y degradación ética y humana están íntimamente unidas. Cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.

Los diseños políticos no suelen tener amplitud de miras, solo les interesa el corto plazo para ganar unas elecciones. Se ignora la contaminación para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Es el mito del progreso continuo. Se arguye que la técnica solucionará todos los problemas, sin hacer consideraciones éticas. Pero el ser humano ha sido creado para amar i para hacer brotar gestos de generosidad y solidaridad. Esa es nuestra esperanza.
El Obispo de Roma pone énfasis en la necesidad de no renunciar a ninguna forma de sabiduría para mejorar la salud del planeta. En ese sentido, hay que acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y espiritual. Cada persona humana no solamente es algo, es alguien, alguien capaz de darse libremente a otras personas. Cada alguien, desde su propia cultura, puede tomar lo que necesita de la tierra, pero debe protegerla y garantizar su fertilidad para generaciones futuras. El regalo de la tierra, con sus frutos, pertenece a todo el pueblo. Los frutos hay que compartirlos.
 

En el nº 83 de la encíclica, Francisco hace suyas las palabras de Teilhard de Chardin, aquel jesuita antropólogo en China, castigado y obligado a no publicar sus obras, fue después de su muerte, 1955, cuando vieron la luz gran parte de sus estudios y reflexiones, en especial El fenómeno humano. Si Teilhard hablaba de un Punto Omega hacia el que converge la creación, Francisco escribe: “El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común que es Dios, en una plenitud transcendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, …está llamado a reconducir todas las criaturas a su creador”. Sutil reconocimiento i rehabilitación de un gran pensador, dejando en evidencia organismos inquisitoriales. Al final del Capítulo II afirma que las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Podríamos considerar que Francisco de Asís está en la misma línea cuando escribe su cántico de las criaturas y afirma que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras,… Todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal. Podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación.

Resalta el Papa que la misma miseria que lleva a maltratar un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas. Recuerda las palabras proféticas, que podemos leer en el campo de concentración de Dachau, del poeta romántico H. Heine, judío, “Ahí donde queman libros se acaba también quemando seres humanos”. Ensañarse contra cualquier criatura es contrario a la dignidad humana. Paz, justicia y conservación de la creación son temas absolutamente ligados.

La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada. No sería digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos (Juan Pablo II).


Todo campesino tiene derecho a un lote de tierra donde establecer su hogar y trabajar. No se puede aceptar que un 20% de la humanidad consuma recursos que roba a las naciones empobrecidas y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir (Obispos de Nueva Zelanda).

Nunca como en el siglo XXI, quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, han gozado de un dominio tan impresionante sobre el conjunto de la humanidad. El inmenso crecimiento tecnológico no ha ido acompañado de un crecimiento en responsabilidad, valores y conciencia. Creencia ciega en que se puede explotar el planeta y sus bienes en aras de un crecimiento infinito, lo que lleva a ”estrujarlo hasta el límite y más allá del límite”, como si la energía y los recursos fueran inagotables. La técnica no se dirige ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio. Y la economía asume el desarrollo tecnológico en función del rédito.



El concepto del ser humano como señor del universo consiste en entenderlo como administrador responsable. No hay ecología sin una adecuada antropología. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No se puede exigir al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad.

Las economías de escala, típicamente capitalistas, basadas en el constante crecimiento, fuerzan a los pequeños agricultores a vender sus tierras o a abandonar sus cultivos tradicionales. En cambio, los campesinos que producen a pequeña escala utilizan poca tierra, poco agua y producen pocos residuos. El Papa denuncia la expropiación a que se ven sometidos buena parte de los campesinos del mundo. Como ha sucedido recientemente en Guatemala y Paraguay. Denuncia la introducción de transgénicos, lo que reduce la diversidad productiva y desplaza campesinos a zonas suburbiales urbanas. Sus tierras van cayendo inexorablemente en manos de oligopolios. No la cita pero es lo que está sucediendo con la multinacional Monsanto.

Hasta aquí los tres primeros capítulos de Laudato Si. En un próximo artículo seguiremos con otros capítulos de la encíclica, tan rica en matices y tan clara postulando los derechos del planeta y de los pobres y excluidos en especial.
 

Joaquim Alsina: Barcelona, España. Licenciado en Geografía e historia y en Teología. Profesor de bachillerato. Voluntario y miembro de la Permanente FISC-Catalunya y de Oxfam Intermón. Colabora en estas entidades preparando formaciones y escribiendo artículos sobre temas varios. Experiencias de cooperación en Bolívia, Ecuador y Paraguay. Participa en el Seminario de Doctrina Social de la Iglesia de la Facultad de Teología de Catalunya.

 


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