El hombre tenía razón

Mandela llevó sobre sus hombros el peso de la lucha de muchísima otra gente que ha quedado, como siempre, injustamente olvidada.

Marzo 2014 | Francisco Javier Sancho Más (Nicaragua) | Justicia y Solidaridad

Llegas al Congo, a Mozambique o a Kenia, y miras a los chavalos jóvenes y a los no tan jóvenes con camisetas deportivas o camisas de colores llamativos. Les preguntas sus nombres, y muchos aseguran llamarse “Samuel Eto”, y algunos más jóvenes, “Leonel Messi”… y el apellido materno. Sólo un nombre sigue rivalizando con Messi, Ronaldo, o Eto. Es Nelson, de Nelson Mandela. Con su nombre se presentan muchos niños, y su rostro serigrafiado se porta en camisetas por toda África.
Remontémonos un poco. Quizá de un poco de escalofrío. Pero los dos acontecimientos sucedieron en el mismo período de aquel año. Ambos fueron cruciales para la historia de nuestro tiempo. Cada uno con un signo diametralmente opuesto: lo más alto y lo más bajo que puede alcanzar un ser humano.

Estamos en el día 10 de mayo de 1994. En Sudáfrica, Mandela se convierte en el primer presidente negro de su país, y acaba con un régimen racista, renunciando a la violencia y apelando a la reconciliación. Supo ablandar el corazón de sus opositores porque les hablaba necesariamente ahí, al corazón. Entró en la cárcel defendiendo la lucha armada y salió, 27 años después, como un símbolo de la paz. El desafío era inmenso, pero él llevó sobre sus hombros el peso de la lucha de muchísima otra gente que ha quedado, como siempre, injustamente olvidada. El propio Mandela siempre quiso reconocer que cuando un hombre o una mujer buena hacen algo grande, es solamente porque otros muchos hombres y mujeres lo consiguieron, así que uno solo es el elegido para expresar todo el esfuerzo y el trabajo de otros miles.
Rehuyó personificar una causa. Pero de él se contarán (se están contando) muchas anécdotas, como su forma de tratar con el mismo respeto a todo el mundo, fueran reyes, o empleados (y no con un respeto fingido, sino con el mismo respeto). Se contarán los años de prisión, el largo aprendizaje, su poema favorito escrito en el muro de su celda: “soy el amo de mi destino, el capitán de mi alma”. Se contará de figuras de la realeza europea que le trataban como a un igual, porque reconocían en él algo majestuoso, a un rey, de hecho provenía de reyes tribales. Y aún así, Mandela se encargó de recordarnos que sólo fue la expresión de miles de los que no sabremos sus nombres y que dieron su vida por lo mismo.

Sólo unos días antes, el 6 de abril de 1994. No muy lejos, en Ruanda, el país de las mil colinas, dos grupos étnicos negros se enzarzaban en la más horrorosa carnicería que se ha vivido en las últimas décadas. Un contrapunto macabro al símbolo de Mandela. Hutus y Tutsis se mataban a machetazos (800.000 personas en pocas semanas entre mayo y junio), ante la pasividad y el pasmo de la comunidad internacional y la culpa vergonzosa de los antiguos colonizadores.

He podido visitar los memoriales del genocidio ruandés y he podido pasar por la Sudáfrica post-Mandela. En un país, aún se respira la memoria del horror; en el otro, la memoria de la grandeza del ser humano. Y en ambos aún persisten muchos de los viejos problemas. El genocidio ruandés sólo pudo detenerse con otro genocidio (el segundo) donde sucumbieron muchos otros genocidas (los primeros), pero también muchos inocentes.

Y por otro lado, la más que probable guerra civil sudafricana, para el que el país de Mandela se estaba preparando o parecía predestinado, sólo la evitó la voluntad de algunos seres humanos que optaron por la alegría de esa sonrisa inolvidable de Mandela que guardaba un arsenal de inteligencia emocional.

John Carlin es el periodista que escribió la obra Invictus, libro que sirvió de base para la película de Clint Eastwood y Morgan Freeman. Carlin llegó a Sudáfrica después de haber cubierto el conflicto de Nicaragua. En su obra, explica que la gran aportación de Mandela fue que supo convencer a todo un país, con una variedad de culturas enfrentadas, de que a veces, cambiar de opinión no es sólo inteligente, sino valiente.

Cuenta Carlin que la última vez que lo vio con vida, ya con una nebulosa en su memoria, tuvo un momento de lucidez en el que dijo: “Mira, hubo muchos que cuando opté por la reconciliación, me tildaron de cobarde o de traidor. Pero mira, ahora tenemos la paz. Yo tenía razón, y ellos no”.

Así de rotundo, Mandela murió invictus. En los próximos meses, habrán pasado ya 20 años de aquellos acontecimientos. Ruanda aún produce un dolor en la memoria. Sudáfrica, en cambio, a pesar de los pesares, brilla en nuestra retina. La Ruanda del genocidio nos dio una pista de lo peor de nosotros, la Sudáfrica de Mandela, de lo mejor. Por eso muchos niños que nacieron hace poco, aún se presentan con su nombre. Para mí, lo más importante de Mandela es que fue el hombre que supo cambiar de opinión. Y tenía razón.
Aquí les dejo el poema Invictus, favorito de Mandela, que escribió un poeta inglés, no muy conocido, del siglo XIX: William Ernest Henley. Mandela solía recitarlo en su prisión durante 27 años. Para que digan después que las palabras no sirven para nada. Fíjense, y verán.

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

(Artículo Publicado en “Confidencial”. Nicaragua)

Francisco Javier Sancho Más: nacido en España. filólogo, periodista especializado en derecho internacional, humanista y escritor. Lleva en Nicaragua 20 años.


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