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Venerable Coínta Jáuregui: “Siempre y en todo buena"

Los santos son expresión sacramental del ideal de la santidad que está llamada a realizar toda la comunidad de los seguidores del Señor.

Junio 2015 | Alberto Ramírez Zuluaga (Bolivia) | Espiritualidad

La Compañía de María recibió con profunda alegría la noticia publicada por la Santa Sede el 23 de enero del presente año sobre el decreto de reconocimiento de la “heroicidad” de las virtudes de la Madre Coínta Jáuregui Osés, religiosa española de la Compañía de María que vivió entre los años 1875 y 1954, decreto promulgado por el Papa Francisco el 22 del mismo mes, luego de recibir el informe positivo sobre el resultado de los procesos llevados a cabo en la Congregación para las Causas de los Santos que le presentó el prefecto de dicha Congregación, el cardenal Angelo Amato. Por medio de dicho decreto que declara Venerable a la Sierva de Dios, Madre Coínta, se despeja el camino hacia su beatificación y su canonización que tienen lugar, normalmente, como fruto del reconocimiento de un milagro comprobado en cada uno de estos momentos.

El sentido que tiene la proclamación solemne de la santidad de alguien en la Iglesia se comprende bien si se tiene en cuenta lo que ha sido esta práctica a través de su historia. En los primeros siglos del cristianismo esta práctica constituía un acto por el cual se aprobaba en las Iglesias particulares el culto rendido a quienes el pueblo reconocía como santos. Se trataba originalmente de los mártires. La aprobación del culto que se les rendía era competencia de los obispos. Sólo con el tiempo, en la edad media, se constata que esta práctica ya no se limitaba a la aprobación del culto de los mártires sino que se extendía a la a quienes la comunidad cristiana reconocía como intercesores ante Dios en virtud de sus méritos y como modelos de la vida cristiana por haber practicado las virtudes en grado heroico. Con el correr del tiempo este reconocimiento se convirtió en competencia del ministerio del Papa. Sin embargo habrá que esperar hasta el siglo XVII, bajo el pontificado del Papa Urbano VIII, para que esta prerrogativa le sea plenamente reconocida. Los criterios que para la proclamación de los santos se fueron dando en el trascurso de la historia de la Iglesia fueron pues varios: en principio el del martirio, luego la heroicidad de las virtudes (y la ortodoxia de los escritos en algunos casos), y finalmente la realización de milagros, en particular de milagros de curaciones de enfermos, un criterio del que ciertamente puede dispensar el Papa, como lo demostró el Papa Francisco recientemente con ocasión de la canonización del Papa Juan XXIII.

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Alberto Ramírez Zuluaga: sacerdote de la Arquidiócesis de Medellín. Capellán de la Compañía de María. Doctor en Teología. Profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana y del Celam. + 31 de marzo de 2015

 

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