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¿Qué guardamos en el corazón?

María fue la primera creyente y sigue siendo hoy un modelo de inspiración que cuestiona nuestro ser de discípulos.

Julio 2014 | Marysol Franco Echeverri, odn (Colombia) | Espiritualidad

Cuando se experimenta el deseo de ahondar más en la Sagrada escritura y especialmente en los Evangelios, es común encontrar diversas posiciones ante los hechos narrados que al estudiarse minuciosamente no coinciden con la “realidad”. Algunas personas en su anhelo por ofrecer datos verificables que permitan acercarnos más al Jesús histórico, dedican gran parte de su vida a confrontar sucesos, indagar fuentes confiables, hacer estudios arqueológicos, investigar interdisciplinariamente la persona de Jesús, etc.

Estos datos, si bien no son necesariamente el fundamento de nuestra experiencia de fe, nos permiten hacer una lectura teológica de los mismos y acercarnos al Misterio.

El Evangelio de Lucas es una gran fuente de datos, significado y sentido, ya que no sólo se ocupa de narrar hechos (nombres, lugares, fechas) sino que permite al creyente ir al origen de la identidad de Jesús, como HIJO DE DIOS (Lc 3, 38) y desde ahí comprender otros títulos cristológicos: ”salvador”, “Mesías” “Señor” que le eran asignados al Emperador y que en Jesús cobran su verdadero valor.

Una de las características de éste Evangelio es el acento que pone en María, no sólo como madre de Jesús sino como discípula. Como aquella que es capaz de acoger, guardar y meditar en su corazón la Palabra de Dios y de confesar con su testimonio de vida que Jesús es el “centro de la historia”, la plenitud de la Revelación para todos, el Señor de su existencia.

En este texto me detendré en las expresiones: “María, por su parte, guardaba todas éstas cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2,19) y en su paralelo, “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en el corazón” (Lc 2, 51).
Si nos detenemos en la primera expresión (Lc 2, 19) y tenemos en cuenta los hechos anteriores a ésta afirmación podríamos preguntarnos ¿Qué era lo que María guardaba en su corazón? ¿Qué de todo lo visto y oído hasta el momento estaba meditando? Quizás las palabras del ángel que aún no terminaba de entender: “Alégrate llena de gracia el Señor está contigo” (Lc 1, 28) o las consecuencias de ser la madre de quien instauraría un “reino sin fin” (Lc 1, 33). O quizás la constatación de que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1, 37).

Tal vez lo que interiorizaba eran las palabras que el ángel le comunicó a los pastores: “Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo, Señor” (Lc 2, 11). Siendo así, ¿Qué clase de Salvador sería su hijo? ¿Cuál sería su estrategia? De algo estaba segura, no utilizaría los medios injustos y violentos del emperador porque la promesa era de “paz en la tierra a los hombres en los que Dios se complace” (Lc 2, 14) y ella creía en las promesas… sobre todo en la plenitud de la Promesa: Jesús.

A lo mejor recordaba los últimos acontecimientos: el anuncio divino, los juicios de sus vecinos, los sentimientos de José, la sangre que se había derramado en el imperio...o definitivamente había una Palabra mayor en su interior que no terminaba de comprender y que sólo podía acariciar; que desconocía en su significado pero de la cual vivía, de la cual sacaba el aliento para continuar creyendo sin ver, esperando sin entender, alegrándose por estar en Ella.(Lc 1, 47).

Al profundizar en la segunda expresión, son otros los acontecimientos y palabras que ha escuchado recientemente: ¿Qué quiso decir Simeón en su profecía “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción- ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! (Lc 2, 34)? ¿Qué pasará con Jesús? ¿Por qué Jesús no nos pidió permiso para quedarse en Jerusalén? ¿Por qué le habló de esa manera a José? ¿A qué espada se refiere Simeón?

(...)

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Marysol Franco Echeverri, odn: Religiosa de la Compañía de Maria., colombiana. Licenciada en educación y Bachiller en Teologia.

 

 

 

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