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Navidad

Diciembre 2015 | Joaquim Alsina (Barcelona, España) | Espiritualidad

Llega la Navidad, puntualmente, como cada año. Fiesta que nos hace a todos más sensibles, un poco más buenos, más dados a colaborar con instituciones benéficas, ONG, hospitales,… pero también más abocados al consumo y al consumismo. Los familiares, quizás en especial los abuelos, rivalizan para ofrecer los mejores regalos a los niños, a los nietos. Que no les falte nada en estas fechas tan señaladas. Con ello creamos a veces pequeños tiranos que se consideran el centro de la humanidad y creen que el mundo es un cuento de hadas en el que se pueden realizar todos los deseos.

Con la Navidad surge en nuestras mentes una serie de preguntas inquietantes: ¿Cuántas personas podrán celebrar el nacimiento de Jesús en un ambiente digno, cuántas seguirán inmersas en la pobreza, en la guerra, en la marginación,…, cuántas seguirán submergidas en la crisis económica que ha empobrecido un segmento considerable de las clases medias y aún más de las clases bajas?

En nuestro país hemos iniciado el tiempo de Adviento con una gran movilización para recoger alimentos en beneficio de todas aquellas familias o personas que viven solas y no disponen de recursos para llegar a final de mes, algunas de ellas ni tan solo pasar los primeros días de mes. Hay que constatar que, una vez más, la ciudadanía ha dado respuesta a esa llamada a la solidaridad y ha sido generosa. Toneladas y toneladas de alimentos proporcionados no únicamente por personas en buena situación económica. Se han repetido las historias emocionantes de los que, sin poder, han colaborado haciendo un gran sacrificio. Son esos ejemplos los que nos permiten mantener la confianza en el género humano. Como la Comunidad de San Egidio que celebra cada año la Navidad con personas que viven solas, en situación de penuria extrema, y que tienen la posibilidad de comer dignamente un día tan señalado.

Navidad es también un tiempo de reflexión. Nos duele que algunos municipios quieran ignorar, deliberadamente, el origen cristiano de la fiesta, transformando el 25 de diciembre en las fiestas del solsticio de invierno o felicitando solo el Año Nuevo. Nosotros vamos arrinconando nuestros símbolos y nuestras tradiciones dejando espacio a otros que aprovecharán para ir situado sus símbolos y tradiciones. Es evidente que ha de haber un respeto y una convivencia entre las múltiples tradiciones y creencias de una sociedad plural como la nuestra, pero ello no significa renunciar a las propias raíces, pues quien pierde sus raíces y olvida su historia y su pasado abandona una parte remarcable de su ser. El Papa emérito Benedicto XVI declaraba a los periodistas en el avión que lo conducía a Múnich que su corazón latía en bávaro e invitaba a no olvidar las raíces. Pero un potente laicismo está invadiendo la sociedad en la que vivimos y todo lo que hace referencia al mundo religioso padece el rechazo de las administraciones, administraciones que han de velar por todas las culturas y aún más por las que son “nativas”.

Hay que celebrar la fiesta, pero sin excesos de consumismo. Un cierto consumo es bueno, sobre todo en época de crisis, porque ayuda a reactivar la producción, evita el cierre de tiendas, mejora el comercio, más personas podrán trabajar y acceder a un salario. Así que está bien comprar, pero con mesura. Ni que sea por respeto a los que no tendrán las mismas oportunidades. Y si impera la compra austera, una parte del dinero no gastado estaría bien emplearla en beneficio de los desposeídos.

Celebremos la fiesta de Navidad y Reyes. Si queremos combinarlo con el Papá Noel perfecto, siempre y cuando seamos conscientes que no es propiedad de la Coca-cola. Sepamos que proviene de San Nicolás o Santa Claus. Nacido en Licia, Turquía, el siglo IV, que a los 19 años repartió su fortuna entre los pobres y que se convirtió en santo patrón de Turquía, Grecia y Rusia. Como que murió un 6 de diciembre, según la leyenda, de ahí la costumbre de conmemorar su figura unos días antes de Navidad y, ya que regaló su fortuna, invitarnos a hacer regalos a las personas que queremos. Y no por ello lo erigiremos en patrón de comerciantes y consumidores.



Celebremos la esencia de la Navidad. El gozo de tener un Niño entre nosotros, Jesús encarnado en la humanidad, en el devenir histórico de los pueblos, para traer esperanza, amor y reconciliación. Y no dejemos de montar el Pesebre, Jesús, María y José, el buey y la mula, los pastores y los Magos, todos, en actitud humilde, celebran el nacimiento y adoran el Niño.

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