Misión

Daniela Jaramillo nos relata su experiencia en tiempo de misión.

Enero 2014 | Daniela Jaramillo Cardona, odn (Medellín - Colombia) | Espiritualidad

“Te necesito Señor; te necesito ver a mi alrededor, leerte en mi historia, reposar en las huellas de lo eterno”

Este era el deseo que se expresaba como un grito, en lo profundo de mi ser, al comenzar la misión el día 15 de diciembre. Tomamos rumbo hacia la vereda El Cedro del municipio de Amagá, 8 estudiantes del colegio La Enseñanza, de los grados décimo y once, 3 religiosas y otra novicia de mi misma comunidad.

Con la certeza de que el único deseo que invade el corazón del ser humano es el de ser amado y amar, buscamos empezar este tiempo de misión y principalmente tiempo de encuentro con Dios.

Estar en misión es estar entre la gente. Estar entre esta gente del campo, gente sencilla, trabajadora, alegre, bondadosa y generosa me permitió ver a un Dios demasiado cercano, demasiado igual, demasiado encarnado. Era imposible no identificar entre las familias de este sector rural “Marías” que ahora tenían nombre de Yurani, Tina o Neyi; “Josés” ahora nombrados Juan Pablo o Daniel; “Juanes” que tomaban el nombre de Teresa, Delia o William; y “Jesuses” que definitivamente nacen todos los días. “¿Eso es amor, verdad?” Pensaba yo. “¿Eso es amor por parte de Dios, hacerse uno más y compartir nuestra cotidianidad; “mancharse” tanto con lo que somos?” Reflexionar en torno a la encarnación, me alegraba por saber que éste es nuestro Dios, el que se hace humanidad; pero por otra parte me generaba un sentimiento de susto, pues a diario Él, desacomoda mis estructuras, pensamientos, ideas, me lleva al campo de la incomprensión, me desconcierta y a la vez me asombra. Me hace reposar en un Dios siempre mayor que constantemente se devuelve al menor. En un Dios que ama en lo cotidiano y nos deja sencillamente, sin palabras.

Iniciábamos el día con un rato de oración personal y grupal, luego teníamos un espacio para estar con los niños jugando, compartiendo y haciendo actividades acerca de la Navidad. Posterior al almuerzo salíamos a hacer visitas a las diferentes familias de la vereda y regresábamos a la escuela, donde nos hospedábamos, para tener el encuentro con los jóvenes y adultos. El día finalizaba con un momento hondo en que recogíamos lo vivido durante la jornada y el paso de Dios por ella.

No había espacio para que Dios no se nos presentara en rostros distintos, en pieles de diferente color, estaturas variadas y sonrisas de todas las edades. Esta experiencia me permitió darme cuenta de que en lo profundo de cada ser humano, no hay nada que no sea sorprendente, puro y bondadoso. Empecé a descubrir cómo las jóvenes del grupo de misión viven valores que aparentemente pueden parecer ausentes en su estilo de vida, y de igual manera me sucedió con los jóvenes de la vereda. Mientras más me acercaba a ellos y los iba conociendo, me percataba de que lo que habita sus corazones no es más que sentimientos nobles, deseos buenos e intenciones de proceder justamente, de dar sus vidas, ayudar, salir adelante. En los niños y niñas era bello observar como la carencia le abre las puertas al actuar de Dios. Ellos compartían desinteresadamente lo poco que tenían, así les hiciera falta. Ellos se sentían hermanos a la hora de ayudar y ayudarse. Claro, Jesús empezaba a nacer en mí. Me perdonaba por mi juicio tan inmediato y tantas veces basado en las apariencias. A la vez me comprometía con él y me recordaba esta corta frase muy diciente ahora: “en lo profundo”.

Sin ser aún 24 de diciembre, sentíamos ya, que la Navidad se había celebrado y que era y es mucho más de lo que aparenta ser en los medios de comunicación. Empezábamos los últimos días, a recoger los frutos de la misión, los cuales fueron cuantiosos. Veíamos como el amor transforma, une, desborda, hace milagros. Los procesos con la gente no fueron en vano, algo quedó en ellos y algo en nosotras, que era mucho más que una relación educativa, sana y libre. Me atrevo a decir que era el regalo de la Navidad: Dios que quiere nacer entre nosotros, dándonos alegría, cambiando nuestra manera de ver la vida, dándole un sentido más amplio y profundo a lo que vivimos y comprometiéndonos a trabajar por las injusticias que nuestro pueblo y nuestro mundo, sufren a diario.


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1 Comentarios

Nora Elena Jaramillo dice:
Que buen articulo y mas que las palabras que buena vivencia; me tocaste el corazón...que bueno entender que "EL AMOR TODO LO PUEDE" y que tantas personas con tan pocas cosas materiales...dan tanto y des interesadamente.