© 2016 NEWSODN Compagnia di Maria Nostra Signora
  • Martes, 22 Agosto 2017
  • María Reina

María nos enseña a esperar

En la solemnidad de la Inmaculada Concepción. 8 de diciembre de 2015.

Enero 2016 | Gerardo Villota (Colombia) | Espiritualidad

El 8 de diciembre es un bello día, muchos acontecimientos se reúnen en nuestra celebración. La solemnidad de la Inmaculada Concepción y la apertura del Año Santo de la Misericordia.

Hoy nos preside la Virgen María, Nuestra Señora. Bajo su amparo estamos y todos sentimos una gran seguridad por vivir la compañía de Nuestra Madre, la sentimos aquí, pero hoy, especialmente, la Iglesia toda siente la compañía amorosa de María y bajo su mirada todos nos disponemos a traspasar la puerta que nos abre el camino de este Año Santo de la Misericordia.

Tratemos de comprender el significado de esta fiesta que la Iglesia celebra con especial alegría. María en su título de Inmaculada no se nos presenta como una mujer extrañamente excepcional, si así fuera no podríamos sentir la confianza que se siente con la mamá, sin duda lo más típico de María es su vida ordinaria, su conciencia de ser una mujer frágil que no entiende muchas cosas, que pide explicaciones o que guarda pacientemente las preguntas en su corazón con la esperanza que algún día entenderá. Si nos aventuramos a hacer una composición de lugar podemos contemplar a esta joven mujer judía, transcurriendo en una vida crudamente ordinaria, sin ahorrarse nada de lo que vivía una mujer de su tiempo. Una jovencita arraigada en la fe su familia, con un profundo aprecio por los amigos, entre ellos José, ese joven honesto y justo que la pretendía, una mujer de trabajo tenaz, propio de la condición de las mujeres de esa sociedad, y también de la nuestra. Pero, sin duda, una mujer afincada en el amor de Dios y muy consciente de la vida de su pueblo; vista desde su canto del Magníficat o desde la escena de las bodas de Caná, la podemos contemplar como una mujer sensible y consciente; su fe se había fortalecido en la esperanza de las promesas que aguardaba ese pequeño grupito de los pobres de Yahvé, María esperaba, creía, confiaba. Para ella Dios estaba aguardando el momento de su plena revelación. Esa era la fe de María.

¿Pensaría María que la Salvación de Dios tenía que pasar por el ofrecimiento de su libertad? Ella tenía planes de casarse con José, muy probablemente sus planes también tendrían que ver con bellos proyectos personales, las cosas que la apasionaban y le daban alegría. Pero ella comienza a sentir la voz del Señor, en la medida que su vida avanza siente que el Señor la quiere para Sí, no le pide esto o aquello, le pide TODO; no la obliga, la invita, ella siente el desconcierto y pregunta, finalmente acepta y se compromete sin saber bien qué viene.

La vida de María nos muestra el modo como el Señor llama, como irrumpe en los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, nos enseña a ver con otros ojos, nos hace sensibles a las urgencias de nuestros hermanos y todo esto junto nos seduce. A María no le seduce un proyecto noble y sensato, prometedor en bienes o en resultados, tampoco una posición que la exalte, NO. A María la seduce el amor de Dios y el modo como ama a su pueblo, Y a nosotros hoy nos seduce la misericordia con que Dios quiere rescatar a sus hijos perdidos, nos seduce en las entrañas su pasión por la humanidad. Gracias a María Dios Padre nos envía a su Hijo, el adorable Jesús de Nazaret, y nos muestra a través de Él la plenitud de la Misericordia, gracias a María, Jesús se hace uno de nosotros, gracias a María Jesús sabe amar y gracias a ella se encarna en un hogar que ha vivido una realidad de sencillez, trabajo, lucha cotidiana, gracias a María Jesús ha conocido nuestra realidad más dramática y desde allí nos salva transparentando la misericordia del Padre.

Pero justamente en las condiciones más adversas María nos enseña a esperar. Es difícil esperar cuando todo es oscuro, cuando la pobreza y marginación golpean la vida de su pueblo, pero esa fue la principal virtud de María, esperar compartiendo el sufrimiento de su pueblo.

Sería equivocado pensar que la expresión “Inmaculada” significa para María un privilegio que la coloca por encima de la fragilidad humana, una Madre que tardó en comprender el Misterio de su Hijo y que padeció en carne propia los dolores de la pasión y de la cruz, pero que además comprobó el temor de los apóstoles y los animó a orar en la espera de Pentecostés no puede estar hecha de unas fibras distintas a las nuestras.

Celebrar a María Inmaculada tiene un sentido muy consolador para nosotros, pues no se trata de exaltar la posibilidad que se le haya quitado un pecado antes de tenerlo, celebrar esta fiesta significa que en esta Mujer, María, hubo algo, en lo más hondo de su ser, que fue siempre limpio, puro, sin mancha alguna. Que alegría para nosotros sentir que María nos revela la condición nuestra, hombres y mujeres frágiles, pero que en nuestro yo auténtico hay una parte que nada ni nadie puede manchar.

Muchas veces caemos en la tentación de pensar que solo lo malo nos habita y nos cubre una sensación de pesimismo, solo falta tener la valentía de sobrepasar esa realidad dura de nuestro pecado, para encontrar nuestro verdadero ser, luminoso y limpio, encontrar lo que hay de divino en nosotros.

Igualmente todos nosotros estamos invitados a vivir en este amor la plenitud de nuestra vida, así como María.
 

Descargar artícuo en PDF

Gerardo Villota sj.: Maestro de Novicios de la Provincia de Colombia.

 

AÑADIR COMENTARIO

0 Comentarios