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Los valores y las virtudes

Ecos del XVII Capítulo General de la Orden de la Compañía de María N.S.

Noviembre 2015 | Gonzalo Restrepo (Colombia) | Espiritualidad

Nos acercaremos a los conceptos y realidades teniendo como punto de referencia nuestra experiencia, nuestra existencia concreta, nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con el mundo y teniendo la convicción cierta y serena de que Dios está presente en nuestra realidad no como un “vigía” o “auditor” o “fiscal”, sino como un “compañero” de camino, como un “padre” y como el “Señor de la historia”.

1. BUSCANDO UNA DEFINICIÓN
Encerrar todo el contenido y la significación de las realidades “valor” y “virtud”, no es posible. Lo que sí podemos hacer es caracterizarlos señalando algunos elementos que nos permitan la comprensión más clara y cercana de ellos.

VALOR
Es una realidad que tiene un sentido real, ontológico, epistemológico y axiológico. Esto quiere decir que no es algo inventado, que es una realidad existente, que tiene su propio ser y que en el campo del conocimiento es conocida y reconocida, que tiene su lógica y su comprensión. Igualmente significa que es una realidad que vale, que sirve, que es tenida en cuenta en la acción y en el pensar del hombre.
Algo que se reconoce como un “Valor” no tiene que ser demostrado, él mismo se impone ante todos. Sólo se requiere tener una normalidad humana y aceptar la convivencia para poder reconocerlo.
Es que los valores requieren de la convivencia humana. Si no se vive en comunidad, si no se tiene la apertura hacia el otro, si no estamos situados en una realidad muy concreta, nada tendrá el auténtico tinte de lo que llamamos o queremos reconocer como “Valor”.
Cuando yo reconozco un valor, lo afronto y lo acepto, estoy reconociendo mi propia realidad y la realidad de los otros.
Es cierto, si pudiéramos pensar en una persona completamente sola o que sólo ella estuviera en el mundo y no tuviera otro referente, sería imposible llegar a la comprensión y a la aceptación de los valores. No valdría la pena, no sería necesario, para nada serviría hablar de “Valores”.
Vale la pena hablar de “valores” y tiene sentido hacerlo porque vivimos en compañía, porque somos una pluralidad de personas que caminamos por este mundo y queremos hacer de él lo mejor que podamos.

VIRTUD
Cuando hablamos de “virtud” nos referimos a una “acción repetida de manera organizada y disciplinada”, la cual se va convirtiendo en una costumbre, en un hábito, es una acción que se realiza espontáneamente y que no requiere programación alguna. Esto quiere decir que las virtudes van surgiendo, en quien las posee, de manera espontánea y ágil, sin necesidad de programarlas, ni de pensarlas o calcularlas.
La virtud en una persona o en un grupo nunca requiere ser calculada ni programada con acciones pensadas con anterioridad. La virtud, para que sea “virtud” requiere ser expresada con espontaneidad y libertad.
Una persona “virtuosa” en algún aspecto es alguien que obra sin condicionamientos y que esa misma manera de obrar la repite y la realiza sin preparación alguna, en cualquier medio, delante de cualquier persona o grupo humano y en cualquier circunstancia que le toque vivir.
Las virtudes, estrictamente hablando, no soportan ser “preparadas” o “pensadas” o “calculadas” en la acción humana. Las virtudes resultan espontáneamente del ser de la persona. Se han gestado en el interior de la persona y hacen parte de su propia estructura humana. Cuando se alcanza una “virtud” en la vida, ella se vuelve “connatural” a nosotros y no hay otra cosa más que “vivirla”, “expresarla” y “compartirla” sencilla y espontáneamente.

En este sentido vamos a entendernos cuando nos refiramos a los “valores y a las virtudes” y ello nos va a permitir trasegar por caminos muy conocidos por nosotros porque tienen mucho que ver con nuestra existencia y con nuestra presencia y nuestro compromiso en el mundo que nos tocó vivir y afrontar.

(...)

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Gonzalo Restrepo Restrepo: Arzobispo de Manizales - Colombia

 

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