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Cuaresma

El camino de la conversión.

Marzo 2015 | Alberto Ramírez (Medellín, Colombia) | Espiritualidad

En la Iglesia, cada año nos preparamos, durante la Cuaresma, para celebrar la gran fiesta de nuestra salvación, la fiesta en la que conmemoramos la muerta y la resurrección del Señor. En esta fiesta, hacemos memoria de lo que constituye para nosotros el fundamento mismo de nuestra existencia cristiana, como San Pablo lo describe al hablar del bautismo: nuestra “configuración” con Cristo en su muerte y en su resurrección (Rm 6,1s). Los testimonios más antiguos de la fiesta de Pascua se remontan al siglo II: los encontramos en numerosos textos de los Padres de la Iglesia, pero de un modo especial en las homilías pascuales de los primeros siglos. En ellas se describe la experiencia litúrgica primordial de la Iglesia como un proceso que culmina en la gran celebración del triduo pascual, pero que comprende un período de preparación, la cuaresma, y un período post-pascual, que se prolonga hasta la celebración de Pentecostés.

Respecto a la Cuaresma, estos últimos años hemos recibido un mensaje de los Papas, que cada año nos proponen un tema al que ellos dan una importancia especial. Recordemos, entre otros, los mensajes de los Papas Juan-Pablo II y Benedicto XVI. Este año, el Papa Francisco nos ha propuesto un mensaje que lleva por título una cita de la Carta de Santiago (“Manténganse firmes”): en este mensaje, invita a todos los cristianos a superar, con una actitud propia de la Cuaresma, una actitud que afecta a nuestro mundo como una tentación, la indiferencia. El Papa habla de una “mundialización de la indiferencia” y nos invita a asumir al respecto una pedagogía que él llama la pedagogía de la “formación del corazón”, empleando una expresión de la Encíclica Deus Caritas est del Papa Benedicto XVI. Esta expresión está totalmente de acuerdo con el sentido general del mensaje y su título: “Manténganse firmes”.
Con el fin de inspirarnos nuestra actitud de conversión en este sentido durante la Cuaresma, el Papa nos propone meditar tres pasajes de la Escritura que tienen una relación intrínseca: el texto de I Corintios 12,26 (“Si un solo miembro sufre, todos los miembros comparten su sufrimiento”), para invitarnos a suscitar en nosotros la conciencia eclesial, una conciencia de comunión; el texto del Génesis 4,9 (“¿Dónde está tu hermano?”), para fomentar la actitud de compasión en nuestras comunidades concretas; y el texto de Santiago 5,8 (“Manteneros firmes”), para invitarnos a fijar nuestra mirada en nuestra condición de creyentes y de este modo animarnos a asumir personalmente con entusiasmo esta propuesta de conversión.

Es evidente que todos, cada cristiano en particular, nuestras comunidades concretas, la Iglesia entera, debemos acoger esta invitación a la conversión que el Papa nos propone en este mensaje. Para nosotros es muy importante adquirir esta disposición a superar la actitud de indiferencia y a acoger con generosidad la llamada del Señor a tener, en todos los ámbitos de nuestra vida, una actitud de apertura. Con una actitud de conversión hay que superar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, también la tentación de constituir comunidades que no se integren en la gran comunidad de la Iglesia y que no tengan la disponibilidad necesaria para salir del centro hacia “las periferias”, como el Papa lo ha indicado en varias ocasiones, refiriéndose a muchas situaciones de la vida. Sin esta actitud de apertura, es imposible vencer la tentación de hacernos indiferentes ante Dios y ante los demás. Al contrario, con una actitud de conversión que supere esta tentación, será posible adquirir la verdadera capacidad que necesitamos para vivir con autenticidad nuestra experiencia cristiana: la capacidad de comunión. Por esto, en su primera recomendación a meditar un texto de la Escritura durante la Cuaresma, el Papa insiste en el pensamiento de la Iglesia. Es necesario que todos fomentemos, cada vez más en nuestra vida, una sensibilidad comunitaria.

Pero, por otra parte, esta apertura que el Papa nos invita a tener debe disponer nuestro corazón, toda nuestra existencia, a compartir fraternalmente la vida con los demás en nuestras comunidades concretas y fuera de ellas. Se trata de una invitación a fomentar cada vez más en nosotros la sensibilidad fraterna en el sentido de la compasión, sobre todo con los que sufren. Es la manera de dar razón de la naturaleza de nuestra religión: una religión de la misericordia, del amor infinito, de la compasión. De esta manera, también podremos demostrar la autenticidad de nuestra adhesión a la persona del Señor, en la que se funda nuestra existencia cristiana y, finalmente, podremos demostrar la autenticidad de la experiencia de Dios que hace posible nuestra fe.

En este momento, la Compañía de Nuestra Señora vive un proceso intenso de preparación con vistas a la celebración de su XVII Capítulo General que tendrá lugar dentro de unos meses, con el tema expresado en su título: “Portadoras y portadores de creatividad evangélica en nuestro mundo” y que debe hacer posible “explicitar las virtualidades del Carisma” de santa Juana de Lestonnac. Este período de preparación del Capítulo General coincide con la gran celebración litúrgica de la Iglesia. No es difícil poner en relación el trabajo intenso de preparación para el Capítulo, que realiza la Compañía en todas sus comunidades, con el espíritu del tiempo litúrgico que vivimos, y de una manera especial con la llamada a la conversión que nos lanza el Papa Francisco en este período de Cuaresma. Todo lo que llevamos a cabo en nuestras comunidades implica, a fin de cuentas, una intención de conversión: la disposición a desinstalarnos, para salir de nuestra indiferencia, para despertar un nuevo entusiasmo que nos permita desarrollar toda la creatividad que contienen los carismas suscitados por el Espíritu Santo en nuestra Iglesia.

Este año es también el de la Vida Consagrada y esto crea un clima eclesial con una significación especial para realizar la intención del Capítulo General de la Compañía. Esta quiere mostrar, como lo ha hecho durante todos estos años, su disposición a acoger el espíritu de renovación de la vida consagrada propuesta por el Concilio Vaticano II: celebramos precisamente este año el cincuentenario de la promulgación del Decreto Perfectae caritatis. Es un momento propicio para fomentar en la vida consagrada la conciencia eclesial y, sobre todo, para impulsar en nosotros el esfuerzo para vivir con toda la comunidad de la Iglesia la propuesta del “aggiornamento” que nos legó el Papa Juan XXIII y que debe servirnos para ser los verdaderos interlocutores que, con nuestra existencia cristiana y consagrada, necesita el mundo presente y el que vendrá.
 

Alberto Ramírez Z.: sacerdote del Arzobispado de Medellín. Doctor en Teología. Profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana y del Celam. Capellán de la Compañía de María, N.S.


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